lunes, enero 23, 2006

ARCADES

La semana pasada, aparte de ocurrirme una tronchante anécdota, me di cuenta del condenado progreso en su mas inocente faceta. Había entrado a un Eroski, del cual no recordaba la última vez que estuve allí, bueno, miento, fue hace casi cuatro años, en una excursión del instituto. Y por impulso casi instintivo, subí las escaleras a la zona de arcades, a ver si aun estaba allí una maquina concreta que en otro tiempo se llevo buena parte de mi capital, pero, herr gott, maldito sea el devenir eterno, ya no estaba allí. En su lugar habían puesto otra maquina de colosal pantalla con cuadro rifles de asalto parecidos al antiguo L1A1 britanico, listos para ser empuñados, donde el jugador adopta el papel de un maldito jarhead de los benditos EEUU luchando en el desierto, y la maquina no se privaba de parafernalia belicosera al autopresentarse como juego realista y de entrenamiento. Aquella noche reflexionando en la cama me entro una tristeza nostálgica recordando los felices ratos que pasaba con aquella maquina, cuando era un crío de nueve o diez años que siempre que iba al cine se lo gastaba todo en ella, y así era siempre, yo crecía pero la maquina seguía allí, siempre recibiendo mi dinero y mi deseo de apretar el gatillo y empezar a desencadenar un infierno de caos urbano, plomo, explosiones y cascotes en la Gran Manzana. Y aquel día volví y había sido sustituida por un infernal aparato de la propaganda norteamericana, malditos bastardos, pensé, que hasta en estos rincones de evasión introducen sus pútridos apéndices para hacernos recordar hasta el final quien lleva las riendas de la política mundial. Y recordaba el argumento de mi añorada maquina, la premisa era sencilla: una banda de cyborgs terroristas había sembrado el terror en Nueva York, y dos artilleros se subían a un helicóptero a empuñar las ametralladoras de las góndolas laterales, despegaban de un portaaviones rumbo a la ciudad, y hala, comenzaba el festín, para el cual el jugador se servia de dos enormes y relucientes ametralladoras orientables, que incluso tenían marcado el calibre, 12,75 mm creo recordar. Yo, un pequeño crio empuñando una enorme ametralladora, disfrutando al sentir el retroceso en mi brazo y contemplando el espectáculo que tenia ante mi, era genial, evasivo, alienante, sencillamente hermoso. Y recordar todo esto me hizo añorar de verdad las antiguas salas de arcades, al contemplar estos insipidos y asepticos cibercafes actuales, con los individuos sentados inmóviles con la mirada clavada en el monitor y los cascos tapando sus oídos, garantizando el silencio en el lugar, no sea que vayan a molestar al prójimo, escenas que parecen un plagio cutre de THX 1138. Entonces empecé a recordar la antigua sala de arcades a la que acudía cada sábado, lloviera o nevase, con la misma devoción del cristiano que camina a su iglesia, acariciando las 300 pelas reglamentarias de mi bolsillo, deseando convertirlas en monedas de 25 con las que alimentar mis ansias de diversión. Hace años que fue cerrada. Era grande, con un vestíbulo de madera añeja y un mostrador algo apolillado, cubierto de juguetes baratos y un enorme muestrario de marranadas, desde bolsas a perritos calientes, los cuales no tendrían nada que envidiar en insalubridad a los de Apu, puesto custodiado siempre por un hombre de gafas con cara poco agradable, que nunca llegue a conocer, ni siquiera su nombre, y sinceramente, poco me importaba. Justo delante cinco escalones de descolorida balaustrada, y a su termino la sala con una veintena de maquinas, colocadas en los extremos de la sala, en perfecta formación como si recibieran una constante revista, y el resto guardando las columnas. La hora siempre era la misma, ocho de la tarde. Y el mismo ambiente de siempre, un ambiente que ahora añoro. Aquello era lo mas parecido a un trinchera que conoceré jamás, jugadores agitando los sticks de forma frenética, pulsando los botones con saña maniaca, blasfemando a cada triunfo o derrota, dando alguna patada esporádica a aquellas maquinas, que aguantaban los viajes, los golpes y el tiempo, recias como el infante ruso, algunos montones agolpados en una sola pantalla, muestra de que se alcazaba un punto inédito en la duración del juego, el crujido de las pipas a cada paso, el volumen subido de las maquinas hasta mezclarse todos los sonidos y melodías dotando el ambiente de un electrónico zipizape sonoro de incoherencia de imposible despiece, pero tan fácil de anular como acercarse a una maquina, que te rodeara de su musiquilla única, invitándote a salir del caos general y concentrarte solo en ella. Entonces le entregabas una moneda de 25 y te ofrecía su diversión, ya anticuada, pues era ya la era de los 32 bits, pero también sabia y llena de experiencia. Aquellos hermosos gráficos de 16 bits, que eran como un comic mainstream en movimiento. Videojuegos sencillos, de unos argumentos ingenuos, infantiles, eran los inocentes comienzos, cuando un juego aceptaba su condición de juego y no de obra maestra. Aventuras de una violencia light, sin sangre, sin realismo, una violencia ridícula, satírica en ocasiones. Muchos son los que recuerdo con cariño: Captain Commando, Cadillacs and Dinosaurs, World Heroes, Samurai Showdown, y por supuesto, aunque ya mas tardío, mi predilecto, el Metal Slug 2. La fortuna que gastaria en esa maquina, sin duda se convirtió en mi maquina intima. Segui jugando incluso después de acabarlo. Adoraba su detalladísimo grafismo, sus escenarios, su musica, pero sobre todo me volvia loco la imagineria de su maquinaria. Habia veces que tardaba mas tiempo en acabar con el mortero gigante del tercer nivel, solamente para oir el delicioso sonido de su enorme cañon GAU al disparar, o el infamemente divertido acorazado sobre orugas del cuarto nivel, que cuando se quedaba sin torretas extendía la proa y de su cubierta surgía un enorme obús que no dejaba de darte caza. Aquello era diversión, en su forma mas inocente, cuando una sala de arcades solamente ofrecía buenos ratos con juegos añejos y primerizos que aun conservaban el entusiasmo de los comienzos, cuando no habían alcanzado la madura sosez de hoy en dia, y mas aun, cuando eran demasiado sencillos como para convertirse una plataforma de propaganda para gobiernos sedientos de sembrar su influencia por todo el mundo. Y es que Marco ya tenia suficiente trabajo con las conspiraciones del ejercito de la cruz negra como para aliarse con los marines.

5 comentarios:

Horrorscope dijo...

Eso es sentimiento, sí señor.

mandyfisher6690094752 dijo...

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Kill James Cameron dijo...

Jo tio, me ha entrado una nostalgia. En serio, siempre añore las partidas al Metal Slug 2, creia que era el unico. Si es que era un juegazo, sin necesidad de modo multijugador ni ostias. Y no es por intentar desvelar tu localizacion, pero si tu provincia es cantabria; tio hemos dejado sudor en las mismas ametralladoras "candentes" ya hartas de dar caña a los terroristas informatizados

Von Schillermann dijo...

Pues si, soy de Cantabria, era en Eroski donde jugaba, y joder, pensaba escribir en el articulo sobre el sudor que se quedaba en aquellas armas, del que haciamos caso omiso,por que, diablos,acaso piensa el soldado en las manos que han tocado su arma o el jinete en los cuerpos que ha desmembrado su sable? Pensaba escribir algo sobre eso, pero pense que quedaria demasiado largo. Y si, el Metal Slug es lo mejor que ha hecho el hombre.

NeoYoshimitsu dijo...

Vaya...
Me ha asombrado ver como encajamos en este tipo de temas. A mi me ha pasado lo mismo. Sé qué máquina hablas, esa de cuatro rifles y no puede sino repugnarme. Sin duda me parece horrible lo que ha pasado con la industria de los videojuegos en cuanto a esas antiguas salas de videojuegos...
Sí, yo tambien disfrute de todos esos juegos. Quien puede olvidar el mítico World Heroes... Juegazo entre juegos. Y Metal Slug una saga producto de la genialidad de unos maestros en el incomprendido arte de los videojuegos.
Sin duda has sabido llegar al corazón con esos recuerdos nostálgicos como pocos, de cuando era niño.